“En defensa del caído”

El martes de 2 de octubre, en la sección cartas, de “El Mercurio”,  Francisco Javier Errázuriz (Arzobispo de Santiago) responde con dureza el artículo que escribiera Carlos Peña. Propone que “Es fácil desconocer la realidad para construir una imagen ficticia” , y establece como defensa del cardenal Sodano: su trabajo de 16 años junto al Papa Juan Pablo II,  sus críticas a Ariel Sharon, en la crisis con Yasser Arafat;  recuerda una carta enviada por el secretario de estado a Fidel Castro, pidiendo clemencia hacia ciudadanos cubanos, etc.  Finalmente culmina su mensaje, invitando a Peña a opinar de sus temas y no inmiscuirse en lo que no entiende,  rematando con una frase poco afortunada  “Pastelero, ¡a tus pasteles!”.

La Defensa de Errázuriz  no asume ni responde de la actuación del prelado,  en el tiempo que le correspondió ejercer su cargo, en Chile. Tampoco responde,  ni se pregunta por la afectuosa carta dirigida por el alto dignatario al dictador, donde escribe que ha recibido del pontífice “la tarea de hacer llegar a Su Excelencia y a su distinguida esposa el autógrafo pontificio aquí incluido, como expresión de benevolencia particular”. “Su Santidad – añade – guarda el conmovido recuerdo de su encuentro con los miembros de la familia en ocasión de su extraordinaria visita pastoral a Chile”. Y concluye confirmando al ex dictador “la expresión de mi más alta y distinguida consideración” (ver Adista n. 48/93).  

Sus comentarios,  sobre la posibilidad o no de opinar sobre diversos temas, es penosa, e incluso restrictiva y contraproducente para la propia iglesia.  Bajo ese argumento,  la senadora Mathei, tenía absoluta razón en cuestionar a monseñor Goic, por opinar “de cosas que no entiende”;  el esfuerzo del cardenal por presentar a Sodano como candidato al premio Nóbel de la Paz o futuro santo patrono de los perseguidos y violentados del mundo, resultan bochornosos.
 
Sin embargo, el irrestricto apoyo  al secretario de estado  hecho por un integrante de la jerarquía eclesial chilena, es entendible, pero doloroso, porque desconoce o pasa por alto  el martirio de quienes hicieron de la fe, impregnada en una iglesia liberadora, una opción de vida; se defiende con ello  el accionar de  un hombre que conspiró contra quienes levantaron de manera más decidida su voz  contra la dictadura,  elaborando listas negras, interviniendo de manera indebida en decisiones concernientes a la iglesia chilena, presionando a congregaciones y obispos diocesanos para alargar los días del dictador  a costa de la violación a los derechos humanos.

De ahí, que al caído lo defiendan sus pares,  un grupo selecto de empresarios y hombres ligados a la dictadura y al Opus Dei como: Eleodoro Matte, Ricardo Claro, Enrique Barros, Roberto Angelini, Guillermo Luksic, entre otros, usando, para mi sorpresa, y hay que reconocerlo, las humildes líneas de las cartas al director, pudiendo pagar una inserción o derechamente llamar a “Don Agustín” para que pusiera “orden” en su feudo; tal vocación democrática y sencillez,  asumida por los dueños de Chile,  no hace más que generar suspicacias,  sobre las consecuencias de una columna de opinión,  leída en lo medular por un número ínfimo de chilenos.

¿De qué se le acusa finalmente al profesor Peña entonces? De decir públicamente que el Secretario de Estado Vaticano Ángelo Sodano “es  el epítome del cálculo y del sentido de estado, capaz de comulgar si fuera necesario para el poder de la iglesia, con ruedas de carreta o algo peor”  y de definirlo como “un tipo que hacía carrera en el Vaticano, timbraba papeles, transmitía ordenes, se estiraba la sotana y se peinaba con cuidado de galán”.  Una inflexión literaria como esa,  no me parece tan grave, ni tan audaz,  como para ser condenada con tanta histeria.

A mi juicio el único error de Peña  es el paralelo poco feliz que se pretendió hacer  entre el Cardenal Silva Enríquez y el Secretario de Estado  A mi juicio el sólo intento de comparación es un abuso,  porque nuestro cardenal, “el del pueblo”,  merece ser comparado con hombres de la talla del connotado obispo brasileño don Helder Cámara,  quién fuera llamado “el hermano de los pobres”  o con el obispo chileno Enrique Alvear,  hombre de una contundencia ética y religiosa,  pocas veces vista,  en la historia de la jerarquía eclesiástica chilena. 

Se puede decir entonces  que el señor  Peña,  en su símil,  hiere la sensibilidad  del señor secretario de estado,  porque pretende poner en un mismo pie a un funcionario,  por loable que sea su embestidura, con hombres de la talla moral y religiosa como los antes nombrados.  Denota falta de compasión,  con quienes cumplen importantes labores con la institución eclesiástica, aunque con ello y desde su analfabetismo religioso,  recuerde sin saberlo y tal vez, por gracia del espíritu,  esa dura verdad del evangelio “Al contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes,  que se haga el servidor de todos” Marcos 10,43.   

Omar Cid
Centro de Estudios Francisco de Bilbao 

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