¿Puede un solo medio de comunicación cambiar los destinos históricos de una nación?

¿Puede un solo periódico convertirse en el epicentro de un movimiento sedicioso y acabar con el orden democrático de un país? A juzgar por el contenido de miles de documentos declasificados de la inteligencia de Estados Unidos, sí. El periódico es El Mercurio de Chile, propiedad de Agustín Edwards, el magnate mediático por excelencia del país andino. En este artículo del Columbia Journalism Review, el autor Peter Kornbluh nos relata a un Edwards empeñado en anular los designios democráticos de los chilenos en las elecciones presidenciales de 1970. Para ello usó toda su influencia en las más altas esferas del poder norteamericano, lo que le permitiría lograr millones de dólares en ayuda de la CIA que usaría para convertir a su periódico en la cuña que acabó derrocando al gobierno de Salvador Allende y dando paso a 17 años de dictadura militar.

El 11 de septiembre, un día de infamia en Estados Unidos, es también una fecha negra en la historia de Chile, ya que marca el 30 aniversario del golpe que puso a Augusto Pinochet en el poder. Aunque funcionarios estadounidenses como Henry Kissinger han insistido en que Washington no tuvo nada que ver en la asonada militar, y que sólo trataron de preservar la democracia en Chile, archivos de la CIA y la Casa Blanca, analizados aquí por primera vez, muestran cómo la agencia de espionaje usó la prensa chilena para socavar el gobierno elegido democráticamente del socialista Salvador Allende, una operación que “jugó un papel significativo para preparar el golpe militar del 11 de septiembre de 1973”. De estos documentos surge la historia del mayor proyecto de propaganda de la agencia -autorizado por los más altos niveles del gobierno norteamericano- el cual dependió del periódico más relevante de Chile, El Mercurio, y su bien conectado dueño, Agustín Edwards. En Chile, el avejentado Edwards sigue siendo una influyente y poderosa figura de los medios, y aquí, en Estados Unidos, las acciones encubiertas vuelven a realizarse y el poder ejecutivo está cada vez más envuelto en secretos. La historia del 11-9-73 continúa resonando.

Durante los últimos dos años, un grupo de editores, periodistas, estudiantes de periodismo y abogados de los derechos humanos han estado reuniendo pruebas en Santiago de Chile contra el magnate de los medios chilenos, Agustín Edwards, para, al menos, conseguir que sea expulsado de la Academia de Periodistas Chilenos. El editor de la revista izquierdista Punto Final, Manuel Cabieses, ha presentado una petición formal en la que acusa a Edwards de violar el código de ética de la academia al haber conspirado con el gobierno de Richard Nixon y la CIA entre 1970 y 1973 para fomentar el golpe militar que derrocó al gobierno electo de Salvador Allende e instauró en el poder al General Augusto Pinochet, hace 30 años este mes.

“Doonie”, como es conocido Edwards entre sus íntimos amigos, es el patriarca de la prensa -el Rupert Murdoch chileno. Su imperio mediático incluye el periódico más importante de Chile, El Mercurio, un segundo diario nacional, Ultimas Noticias, y el periódico vespertino de mayor tirada de Santiago, La Segunda, además de una docena de publicaciones regionales menores. En septiembre de 1970, cuando los chilenos eligieron presidente a Allende, un socialista, en una cerradísima votación, a Edwards se le consideraba el hombre más rico de Chile -y la persona que más podría peder financieramente si triunfaba Allende.

Las acusaciones de tipo ético contra Edwards se podrían beneficiar de una cuidadoso análisis de documentos desclasificados estadounidenses que aportan una considerable cantidad de información sobre las operaciones encubiertas de la CIA en Chile. Desde 1975, cuando una comisión especial presidida por el senador de Idaho Frank Church emitió su informe titulado “Acciones Encubiertas en Chile: 1963-1973”, se ha convertido en un secreto a voces que la CIA aportó abundante financiación a El Mercurio, puso a reporteros y editores en su nómina, y usó al periódico, en palabras de la comisión, como “el más importante canal de propaganda antiallendista”. Pero con la desclasificación de miles de archivos de la CIA y la Casa Blanca al final de la presidencia de Bill Clinton, la historia del “Proyecto El Mercurio” aparece mucho más en detalle. Entre las revelaciones más importantes de los documentos están las siguientes:

-Incluso antes de que Allende fuera juramentado presidente de Chile, Edwards acudió a Washington para discutir con la CIA “el momento oportuno para una acción militar” para evitar que Allende asumiera el poder.
-El Presidente Nixon autorizó personalmente la financiación masiva del periódico. La Casa Blanca aprobó la adjudicación de casi $2 millones -una suma significativa al convertirlos en escudos chilenos en el mercado negro.
-Mensajes secretos del la CIA de mediados de 1973 identificaron El Mercurio como “uno de los elementos de oposición más militantes” en su intento por derrocar a Allende.
-Después del golpe, la CIA continuó financiando encubiertamente a los medios para influenciar a la opinión pública chilena en favor del nuevo régimen militar, a pesar de la represión brutal del General Pinochet.

Los documentos ofrecen el más detallado relato de uno de los proyectos de propaganda encubierta más famosos de la CIA, el cual jugó un papel mucho más importante de lo antes pensado en lo que acabaría siendo la dictadura militar de Pinochet. Y aclaran la disposición del periódico más importante de Chile -el cual se ha comparado por su prestigio y relevancia en Chile a los del New York Times en Estados Unidos- para colaborar en fomentar el golpe.

Visita a Washington

Mucho antes de que Allende se convirtiera en el primer jefe de estado socialista electo en el Hemisferio Occidental, Agustín Edwards comenzó a presionar a influyentes amigos estadounidenses para que apoyaran una agresiva intervención norteamericana. En su autobiografía publicada el año pasado, David Rockefeller recuerda que Edwards le dijo en marzo de 1970 que “Estados Unidos debe evitar la elección de Allende”.

Un día antes de que los chilenos votaran el 4 de septiembre, Edwards fue en busca de ayuda a la Embajada de Estados Unidos. “Invirtió todas sus ganancias de años en nuevas industrias y modernización, y se arruinaría si Allende triunfara”, Edwards le dijo al embajador, Edwards Korry, tal y como Seymour Hersh relata en su libro, El precio del poder. Korry predijo que ganaría otro candidato, el apoyado por El Mercurio -el patriarca conservador Jorge Alessandri.

Pero Allende logró un ajustado triunfo. Su Unión Popular, compuesta por socialistas y comunistas y varios otros partidos no marxistas más pequeños, obtuvo el 36,3% de los votos en una contienda de tres candidatos. Varios días después, Edwards le pidió al jefe de operaciones en Chile, Henry Hecksher, que le arreglara otra reunión más privada con Korry, fuera de la embajada. Korry recuerda lo siguiente: “Edwards dijo que quería hacerme sólo una pregunta: ‘¿Va a hacer algo Estados Unidos, directa o indirectamente?” Korry dijo: “Mi respuesta es no”.

Poco después, Edwards voló a Estados Unidos donde hizo uso de toda la influencia que tenía sobre amigos y funcionarios cercanos al Presidente Nixon. En Washington, tal y como reflejó Kissinger en sus memorias, Los años en la Casa Blanca, Edwards se alojó en la casa de Donald Kendall, presiente de PepsiCo, uno de los amigos más cercanos de Nixon y uno de sus contribuyentes políticos más generosos. El 14 de septiembre, Kendall realizó una visita social a la Casa Blanca y le comunicó a Nixon lo que Edwards le había dicho. Henry Kissinger, el asesor de seguridad nacional, y el procurador general, John Mitchell, subsecuentemente se reunieron con Edwards y Kendall, casi con seguridad a instancias de Nixon.

La mañana del 15 de septiembre, Kissinger y Mitchell desayunaron con Edwards, quien les informó de la amenaza significativa que Allende suponía. Kissinger también llamó al director de la CIA, Richard Helms, y le dijo que se reuniera con Edwards para enterarse de “cualquier detalle que pueda haber” sobre Allende.

Durante 30 años, lo que Edwards le dijo al director de la CIA cuando se reunieron en un hotel de Washington ha sido un alto secreto. Pero ahora el memorando de la CIA titulado “Discusión de la Situación Política Chilena” ha sido declasificado. El nombre de Edwards está tachado con tinta negra, pero el texto deja claro que la reunión no puede ser ninguna otra que él mantuvo con Helms, a la cual Kissinger y otros aludieron. El documento revela que Edwards trató de fomentar operaciones encubiertas estadounidenses con el propósito de planear un golpe militar que impidiera que Allende asumiera la presidencia. El memorando refleja la opinión de Edwards de por qué perdió Alessandri, y “la posibilidad de una solución constitucional” -una sugerencia inicialmente presentada por la embajada estadounidense, por la cual, según muestran documentos, la CIA sobornaría a congresistas chilenos para que ratificaran a Alessandri en lugar de al ganador, Allende. Seguidamente, Alessandri renunciaría y se convocarían nuevas elecciones, a las cuales se presentaría el presidente saliente, el cristiano-demócrata Eduardo Frei, quien presumiblemente ganaría.

Pero el memorando también incluye la siguiente discusión de que la solución parlamentaria contenía riesgos:

-Podría no funcionar. ¿Y entonces qué…?

-Algún congresista podría actuar demasiado pronto y anunciar sus intenciones prematuramente, lo cual precipitaría que los comunistas “se echaran a la calle”.

-El General Retirado Roberto Viaoux, líder de una asonada militar en octubre de 1969 [tachado] o “algún otro loco” podría tratar de dar un golpe, lo cual arruinaría cualquier esfuerzo serio.

El documento describe que Helms y Edwards también discutieron sobre otra opción: “Cuándo Realizar una Acción Militar”.

En una reunión de 15 minutos en la Oficina Oval de la Casa Blanca en la tarde del 15 de septiembre, Nixon emitió su ahora famosa orden a Helms que fomentara una iniciativa militar en Chile para evitar que Allende llegara al poder. “1 posibilidad entre 10, pero salvemos Chile! … No preocuparse de los riesgos … $10.000.000 disponibles, más si hiciera falta. Trabajo de tiempo completo -los mejores hombres disponibles”, fueron las notas que tomó Helms durante su reunión con Nixon. Helms más tarde testificó ante la Comisión Church que “Tengo la impresión de que el presidente convocó esta reunión en la que tomé mis notas debido a la presencia de Edwards en Washington y por lo que … Edwards estaba diciendo de las condiciones en Chile”.

Financiar El Mercurio

Pese a los enconados esfuerzos de la CIA por fomentar el caos y un clima que condujera a un golpe militar en el otoño de 1970, el 24 de octubre, el congreso chileno ratificó a Allende como presidente y el 3 de noviembre fue juramentado. Tres días después, Nixon convocó a su Consejo de Seguridad Nacional para discutir una estrategia más amplia para perjudicar a Allende y, en palabras del secretario de estado, William Rogers, “derrocarlo”. Días después, Kissinger presentó al presidente un plan de cinco puntos sobre operaciones de la CIA diseñadas para desestabilizar la capacidad de gobierno de Allende. El punto cuatro recomienda “Asistir a ciertos periódicos y utilizar otros medios de comunicación chilenos que puedan criticar al Gobierno de Allende”.

La asistencia estadounidense al grupo de medios de Edwards comenzó incluso antes de la juramentación de Allende. A finales de septiembre de 1970, incluso mientras funcionarios norteamericanos presionaban secretamente a compañías e instituciones financieras estadounidenses para que se retiraran de Chile y así perjudicar la economía, el Embajador Korry intervino para convencer a uno de los acreedores estadounidenses de El Mercurio, First NCB, para mostrarse flexible sobre las obligaciones financieras de Edwards. “He hablado de nuevo [con] el gerente de First NCB aquí”, informó Korry en un mensaje ultrasecreto del 25 de septiembre, “sobre El Mercurio y por qué están acosando a El Mercurio. Le dije que no me gustaría informar a la Casa Blanca sobre este extraño comportamiento que sólo podría tener el efecto de enmudecer la única voz libre de Chile, pero que yo lo haría hoy mismo”. El gerente, agregó Korry, “dijo que pronto cambiaría de actitud hacia El Mercurio”.

En la época de la elección de Allende, El Mercurio ya estaba en dificultades financieras. Pero las instrucciones de Nixon del 15 de septiembre de “hacer que la economía chille” y un bloqueo invisible para obstaculizar las transacciones bilaterales y multilaterales con Chile, junto con el programa socialista de Allende, claramente tuvieron un impacto en la solvencia financiera de la compañía, al igual que en todas las grandes empresas del país. Ante los conflictos laborales fomentados por los sindicatos dominados por la izquierda, y la reducción de la publicidad estatal en la prensa por parte del gobierno de Allende -a raíz de una ley aprobada por la mayoría opositora del congreso chileno- Edwards acusó al gobierno de la Unidad Popular de intentar deliberadamente silenciar a los medios opositores del país. De esta manera, la libertad de prensa se convirtió en el tema más preponderante de la propaganda de la administración Nixon contra Allende.

A principios de septiembre de 1971, un emisario de El Mercurio aparentemente contactó al jefe de operaciones de la CIA en Santiago para solicitar apoyo financiero. El 8 de septiembre, la CIA presentó una propuesta de 10 partes a la Comisión de los 40 -el grupo secreto intragubernamental, presidido por Kissinger, el cual supervisó las operaciones encubiertas- argumentando que “El Mercurio necesitaría al menos $1 millón para sobrevivir durante el próximo o próximos dos años”. La CIA indicó que “sin este apoyo financiero, se verá obligado a cerrar antes de fines de septiembre. Aunque este cierre sería por motivos económicos”, especuló la agencia de espionaje, “no hay duda de que estos problemas financieros han sido inspirados políticamente”.

La solicitud de la CIA provocó un significativo y revelador debate interno entre la burocracia estadounidense. En un informe de opciones ultrasecreto ahora declasificado, entregado a Kissinger, presentó dos “opciones básicas”:

A: “Ofrecer extensa financiación al periódico con el entendimiento de que no sería suficiente para impedir que el gobierno de Allende cerrara el periódico (p.j., a través del control del papel o de huelgas). Esto incluiría un compromiso inicial de al menos $700.000.

B: “Dejar que El Mercurio se arruine y lanzar una gran campaña de propaganda sobre el tema de la libertad de prensa”.

La Opción B era arriesgada, indicó el memorando, porque “Allende podría responder demostrando que sería la ineptitud financiera de El Mercurio la que hubiera causado el cierre”. El jefe de operaciones de la CIA en Santiago y el Embajador Korry apoyaron la financiación; otros funcionarios creyeron que $1 millón era “un precio muy alto por un poco de tiempo extra” si el periódico iba a cerrar de cualquier manera.

Efectivamente, cuando los miembros de la Comisión de los 40 votaron sobre el tema, mostraron una gran gama de opiniones. El Procurador General Mitchell, según un resumen de la discusión, dijo que “deberíamos mantener viva una voz fuerte, pero una débil no merecería la pena”; el representante del Pentágono, el Almirante Thomas Moorer, declaró que “estábamos apostando por un perdedor y [el] costo [era] extravagante”; el Director de la CIA, Richard Helms, dijo que “los auspicios no son buenos ni para corto ni para largo plazo”. El asistente de Kissinger, Arnold Nachmanoff, sugirió que “probablemente deberíamos optar por ambas opciones y combinarlas”. El periódico recibiría $700.000 pero Estados Unidos “condicionaría el apoyo a que El Mercurio lanzase un intenso ataque público contra los esfuerzos del gobierno de Allende de clausurar el diario”.

Los presidentes raramente se involucran en la microgestión de una operación encubierta, y menos aún en los esfuerzos clandestinos de financiar a un periódico extranjero. Pero al encontrar profundos desacuerdos sobre las acciones específicas contra Allende, Kissinger simplemente decidió “llevar el problema a la máxima autoridad”. El 14 de septiembre, 1971, los documentos muestran que Nixon personalmente autorizó $700.000 -y cientos de miles más- en fondos encubiertos para El Mercurio.

Esa tarde, Kissinger llamó a Helms para decirle que el presidente había aprobado la propuesta de $700.000 y más si fuera necesario para mantener al periódico.

Apoyándose en la fuerza de la decisión presidencial, Helms ordenó a su división del Hemisferio Occidental que “se excediera de los $700.000 y los aumentara, incluso a más de $1.000.000, siempre y cuando fuera necesario para mantener el periódico abierto”. En resumen, en una decisión que aparentemente se mantuvo en secreto de los investigadores del senado en 1975 y subsecuentemente tachada de todo documento declasificado de la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional, Kissinger personalmente aprobó los $300.000 adicionales para el periódico, según un sumario de la CIA. Al comprar moneda chilena en el mercado negro, la CIA aportó 67 millones de escudos a El Mercurio.

Aparentemente, esa cantidad no fue suficiente. En abril de 1972, la CIA solicitó “$965.000 adicionales para ofrecérselos a El Mercurio”. En esta ocasión la agencia desechó el argumento de que Allende amenazaba con clausurar el periódico; el problema era su solvencia financiera. La nueva cantidad, a Kissinger se le informó en un memorando ultrasecreto, se “usaría para pagar un préstamo, para cubrir el déficit operacional mensual hasta marzo de 1973, y para ofrecer un fondo de contingencia de [tachado] para cubrir necesidades de urgencia como requisitos crediticios, nuevos impuestos, y otras deudas bancarias que surgen con escaso aviso previo”.

El Mercurio, de acuerdo con las razones expuestas por la CIA para este dinero, se “consideraba esencial” para ayudar a los candidatos opositores respaldados por la CIA en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973 -una importante prueba de para la popularidad de Allende. En una propuesta presentada por el nuevo director de la división del Hemisferio Occidental, Theodore Shackley, la CIA declaró que la decisión de continuar financiando “tiene que estar basada…juiciosamente en la importancia de intentar asegurar la existencia del periódico con propósitos políticos”. Ahora, como indicó el ayudante de Kissinger William Jordel en un memorando de la Casa Blanca recientemente revelado (codificado “sistema exterior” para evitar su distribución), el consenso era que “El Mercurio es importante. Es una piedra en el zapato de Allende. Realmente ayuda a animar a las fuerzas de oposición”. Y si, finalmente, el periódico “se va al tacho”, Jordel recordó a Kissinger, “tenemos un excelente ejemplo de libertad de prensa para usarlo allá y en el Hemisferio”. El 11 de abril, la oficina de Kissinger aprobó los fondos.

Esto elevaría el total de las contribuciones de la CIA para el periódico a $1,95 millones en menos de siete meses -unos $8,4 millones en dólares de hoy- y decenas de millones de escudos chilenos en el mercado negro. Una cantidad indeterminada adicional llegó también a El Mercurio, a través del colaborador principal de la CIA en Chile, la ITT Corporation. Un memorando de conversación del 15 de mayo de 1972 -hoy declasificado- entre funcionario de la CIA Jonathan Hanke y el ejecutivo de ITT Hal Hendrix registra una discusión sobre unos $100.000 en depósitos bancarios que la corporación estaba desviando secretamente a la compañía de Agustín Edwards. Hendrix, como informó Hanke a sus superiores, “me dijo que el dinero para el grupo de Edwards se canalizó a través de un banco suizo”.

Se Construye un Golpe

¿Cómo se usó este dinero? “La asistencia recibida por El Mercurio ha permitido a ese periódico independiente sobrevivir como un portavoz efectivo de la democracia chilena y contra el gobierno de la UP [Unidad Popular]”, dijo la CIA en un memorando ultrasecreto a la Comisión de los 40. Pero liderar la oposición contra Allende no fue la mismo que apoyar el proceso democrático en Chile. De hecho, con asistencia de los fondos encubiertos, el imperio mediático de Edwards se convirtió en uno de los protagonistas más prominentes en la caída de la democracia chilena.

Para 1972, el periódico “publicaba casi diariamente editoriales de crítica contra el Gobierno de Allende”, y “guiaba y arengaba a la oposición”, informó la CIA en un resumen sobre el Proyecto El Mercurio. “El Mercurio continúa jugando un papel de liderazgo en moldear la opinión pública chilena”, concluyó la estación de la CIA en Santiago el 21 de febrero 1973 en un informe. “El Mercurio [tachado] lanzó una extensa campaña publicitaria para culpar al Gobierno de Allende de las penurias económicas de Chile, colocando anuncios allá donde fuera posible”.

Pero las actividades del grupo mediático de Edwards fue mucho más allá de colocar anuncios y publicar artículos incendiarios y editoriales contra Allende. Con el apoyo de la CIA, El Mercurio se posicionó como el clarín de la agitación organizada contra el gobierno, y como aliado de las fuerzas militares golpistas antes de la asonada. El 2 de mayo, en uno de los mensajes más comprometedores escritos por la estación de la CIA, su jefe informó a la sede de la agencia en Langley sobre las actividades de las fuerzas políticas dentro y fuera del ejército que trabajaban por el derrocamiento de Allende. El gente identificó a “la cadena de periódicos El Mercurio” como “uno de los elementos de oposición más militantes” -otros grupos incluían el grupo paramilitar neofascista Patria y Libertad, y el ultraconservador Partido Nacional, quienes habían recibido fondos de la CIA- que “se han propuesto la creación de conflictos y confrontaciones que lleven a algún tipo de intervención militar”. Cada uno de estos grupos, indica el mensaje, “está tratando de coordinar sus esfuerzos con miembros de las Fuerzas Armadas que conocen y comparten este objetivo”.

En junio de 1973, mientras aumentaban dramáticamente las tensiones sociales y circulaban rumores de golpe de estado en Santiago, El Mercurio publicó un editorial que en esencia defendía una insurrección. Allende ha dejado de ser el presidente constitucional, declaró el periódico. El 21 de junio, Allende invocó una ley de libelo, aprobada por una administración previa, y ordenó el cierre del diario durante seis días. Pero sólo un día después, una corte de apelaciones dictaminó que el gobierno no tenía derecho a clausurar el periódico, y El Mercurio reanudó su campaña de oposición y agitación.

Sólo una semana después, el 29 de junio, el ejército chileno intentó un golpe sin éxito. La situación se deterioró rápidamente y Allende fue derrocado menos de tres meses más tarde. El 11 de septiembre, 1973, la aviación chilena bombardeó el palacio presidencial; Allende murió de una herida de bala en un acto de suicidio, y una junta militar, comandada por el General Augusto Pinochet, se hizo con el control del gobierno.

Eventualmente, la división de operaciones encubiertas del Hemisferio Occidental de la CIA reconoció que El Mercurio hizo posible el golpe:

Antes de la asonada, los medios de comunicación del proyecto mantuvieron una ataque continuo contra el gobierno, explorando cualquier punto de fricción entre las fuerzas de Allende y la oposición democrática, y recalcando los problemas y conflictos que se estaban creado entre el gobierno y las fuerzas armadas.

En una verdadera admisión de que las operaciones encubiertas de Estados Unidos contribuyeron directamente al derrocamiento de Allende, la CIA concluyó que “el proyecto de propaganda de la Estación de Santiago”, en el cual El Mercurio era el protagonista dominante, “jugó un papel significativo en preparar el golpe militar del 11 de septiembre 1973”.

Apoyo a Pinochet

En septiembre de 1974, cuando Seymour Hersh expuso las operaciones encubiertas de la CIA para desestabilizar a Allende en The New York Times, el Presidente Gerald Ford se vio obligado a defenderlas públicamente como “un verdadero beneficio para el pueblo de Chile, y ciertamente en nuestro propio beneficio”. Hubo un esfuerzo por parte del gobierno de Allende “de destruir los medios de comunicación opositores, tanto la prensa escrita como los medios electrónicos”, dijo Ford a periodistas. “Los esfuerzos [encubiertos] que se realizaron en este caso fueron para ayudar a preservar los periódicos y los medios electrónicos de oposición”.

De hecho, fue el régimen de Pinochet, y no Allende, quien destruiría la prensa libre en Chile. Después del sangriento golpe -unas 1.500 personas fueron asesinadas por los militares en las semanas sucesivas- la junta clausuró todos los medios de comunicación menos los controlados por el estado. Hubo algunas excepciones. La más prominente fue El Mercurio.

Como parte del presupuesto de propaganda del año fiscal 1974 de la CIA, la estación de Santiago continuó financiando encubiertamente a la prensa derechista chilena, la cual, de ser la voz de la oposición contra Allende, pasó a convertirse en la principal fuerza independiente promilitar del país. Ya que la financiación iba a expirar a principios de 1974, la división del Hemisferio Occidental determinó que era necesaria una extensión para permitir a los medios del régimen militar que realizaron un paulatino abandono de la nómina clandestina estadounidense.

La financiación encubierta fue “esencial para mantener la confianza y la continua cooperación de los [colaboradores] y a través de ellos, mantener nuestra capacidad de influencia en la Junta y moldear la opinión pública chilena”, escribió un asesor a David Atlee Phillips, el jefe de la división de la CIA, en un memorando del 9 de enero, 1974. El proyecto no sólo había “jugado un papel predominante en preparar el golpe militar”, sino que ahora era esencial para los esfuerzos de propaganda nacionales e internacionales en apoyo del régimen de Pinochet. “Desde el golpe, estos medios han apoyado el nuevo gobierno militar”, escribió Phillips in su propio memorando el mismo día. “Han tratado de presentar a la junta de la manera más positiva ante el público chileno y de ayudar a los periodistas extranjeros destacados en Chile a obtener información sobre la situación local … El proyecto es, por lo tanto, esencial para capacitar a la Oficina en su esfuerzo por moldear la oposición pública en apoyo del nuevo gobierno”.

Ya que el Departamento de Estado estaba presionando para clausurar sus proyectos de acciones encubiertas anteriores al golpe, la división del Hemisferio Occidental del la CIA pareció haber solicitado, y obtenido, $176.000 adicionales para dar a “este mecanismo de propaganda múltiple la oportunidad de localizar fuentes financieras alternativas”, de acuerdo con memorandos secretos de la agencia. Pero con Pinochet asentado firmemente en el poder, desapareció la necesidad de financiar el proyecto mediático. Al parecer, a finales de febrero de 1974, según documentos, los agentes de la estación de la CIA se reunieron con sus contactos chilenos, y les dijeron que “todo el apoyo de subsidios … cesaría” a finales del año fiscal. El jefe de la estación informó en un mensaje secreto del 1 de marzo, 1974, dirigido a Phillips que “esta noticia fue recibida con gran sorpresa y decepción”.

Pinochet permanecería en el poder durante 17 años. En ese periodo, El Mercurio sirvió como fiel valladar de la dictadura, optimizando sus logros económicos y minimizando -hasta el punto de la distorsión y la ofuscación- su extensa represión, la cual incluyó el asesinato y desaparición de miles de chilenos, la tortura sistemática, y múltiples actos de terrorismo internacional en América Latina, Europa y Estados Unidos.

Treinta años después del golpe, Chile sólo ha empezado a abrir este capítulo de su pasado. El arresto del Pinochet en Londres en 1998 -el general logró escapar de la extradición a España por crímenes contra los derechos humanos y eventualmente se le permitió regresar a Chile, donde la Corte Suprema dictaminó que era mentalmente incapaz de ser juzgado- dio paso a acusaciones, arrestos y encarcelamientos de varios de sus camaradas militares.

¿Y qué se hizo de Edwards y su compañía mediática y otros protagonistas del sector privado que colaboraron activamente en la eliminación de la democracia electoral y el advenimiento de una brutal dictadura militar?

Los intentos de presentar acusaciones éticas contra Agustín Edwards ante la Academia de Periodistas es un gesto totalmente simbólico, aunque realmente significa el principio de un movimiento para hacer a los civiles responsables de sus actos. Los documentos estadounidenses que registraron secretamente esos actos pueden aportar pruebas valiosas -si no para emprender acciones judiciales, sí para al menos conocer las responsabilidades morales.

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