“Dejé de ser alegre con la dictadura”

Andrés Aylwin, abogado y ex diputado

Hubo un momento en la vida en que Andrés Aylwin dejó de ser alegre. “No sé bien cuándo, pero intuyo que fue con la dictadura”, evoca. Su compromiso con los derechos humanos lo lleva en la sangre: su abuelo era balmacedista y fue prisionero de la revolución de 1891. También se acuerda del impacto que le produjo la matanza del Seguro Obrero, en 1938, que, pese a su juventud, lo hizo reaccionar con gran indignación moral.

“En la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, donde estudié, no se hablaba mayormente de derechos humanos. Los chilenos éramos muy tendenciosos, siempre pensamos era un problema de Bolivia, Perú o de países centroamericanos, pero no algo que nos afectara directamente”.

No era un tema.

No. Pero le voy a decir una cosa bien sorprendente. El primer acercamiento que tuve a los derechos humanos, como teoría, fue cuando hice el servicio militar. Porque en el regimiento nos enseñaron las Convenciones de Ginebra, que tratan del respeto que deben tener los uniformados hacia los enemigos que son hechos prisioneros.

Qué ironía. La institución que le enseñó a respetar el Convenio de Ginebra atropelló todos los derechos de los prisioneros en el golpe del 73.

Lo curioso es que viene el golpe y los militares dictan un decreto diciendo que en Chile existía guerra interna. Ellos pensaron que con el enemigo se podía hacer cualquier cosa, y los tribunales fueron de la misma opinión.

Pese a que los convenios de Ginebra habían sido incorporados a la justicia militar chilena.

Sí; de hecho, se establecían penas muy altas para el soldado que tratara mal a un prisionero. Si le causaba la muerte, la pena era también de muerte o presidio perpetuo, no recuerdo bien.

¿Por qué los jueces no aplicaron esas leyes?

En gran parte de mis alegatos en los recursos de amparo, y en las primeras defensas que asumí, sostuve que la existencia de la guerra no implicaba que se pudiera hacer cualquier cosa con los vencidos, que tenían derechos, aun si eran extranjeros y mucho más si eran nacionales.

Usted rechazó desde el primer momento el golpe. ¿Sabía lo que podía pasar?

Fui totalmente contrario. Veía que era imposible un “golpe blando”, como algunos opinaban, pensando que después de dos o tres meses se llamaría a elecciones y que todos seríamos muy amigos. Yo, al contrario, auguraba que el rompimiento iba a ser brutal.

¿En qué estaba usted cuando se produjo el golpe?

Yo no sabía nada. Las dos últimas personas que nos retiramos de la Cámara de Diputados el 10 de septiembre fuimos Bernardo Leighton y yo. Él era de una ingenuidad increíble. Yo no tanto, pero como tenía gran confianza en él, me atenía a lo que decía: que las FFAA en Chile no eran golpistas, que aquí no habría jamás un golpe. Esa noche, Bernardo y yo comimos solos en la Cámara, me acuerdo perfectamente de que éramos los únicos que estábamos ahí, al margen de la realidad.

¿No tuvieron ninguna noticia antes?

Cuando tomamos el auto, cerca de las once de la noche, se acercó una persona, que nunca supe quién fue, y le dijo: “Don Bernardo, sé que usted ha dicho que no va a haber golpe, porque la Armada está en ejercicio en alta mar cumpliendo sus deberes institucionales [Operación Unitas]. Usted está equivocado, porque ya los buques están girando hacia Valparaíso”.

¿No tuvo miedo?

Yo no supe lo que es el miedo, porque tenía la convicción moral de que había que oponerse al golpe, defender a la gente. Los habitantes de mi zona empezaron a llegar a mi casa. Me decían: “Don Andrés, anoche llegaron los militares, nos detuvieron”. Entonces los acompañaba a los lugares pertinentes a preguntar, y las autoridades negaban las detenciones. Me di cuenta que estábamos en una situación grave y puse recursos de amparo desde septiembre del 73. Algunos los llevé incluso a la Corte Suprema, pero en estos alegatos me di cuenta que los tribunales estaban totalmente coludidos con la represión.

Hablemos de responsabilidades.

En esto asigno enorme responsabilidad a la derecha, a sus medios de comunicación y a los políticos que transmitieron la idea de que en Chile iba a haber un golpe de Estado de Allende. Esta distorsión provocada por la derecha hizo posible que un cabo, o un sargento, cometieran actos de crueldad jamás perpetrados por un militar chileno.

Usted estuvo relegado. ¿Le pasó algo más grave?

Es difícil contar que una persona comprometida en la causa de los derechos humanos, como yo, durante los primeros 12 años de la dictadura, por no decir los 17, no pasó una noche en que no recibiera en casa alguna amenaza. Pregúnteme por qué la derecha nunca ha ganado una elección.

Le pregunto.

Porque un sector grande de la sociedad identifica a ese grupo socioeconómico y político con la gente que estuvo metida en la represión. Esa es una prueba de que existe la conciencia de la responsabilidad no sólo del cabo, del sargento o del general, sino de una parte de la sociedad. Jaime Guzmán sentó la doctrina de que Pinochet sólo debía responder ante Dios y ante la historia.

¿Le parece propio de un cristiano?

No puede haber un concepto más anticristiano, antidemocrático, antihumanista que un gobernante que sólo responda ante Dios y la historia. Era como decirle al tirano haga lo que quiera.

Hace unos días su hermano Patricio dijo: “No es posible saber más” sobre los desaparecidos. ¿Qué le pasa al país con eso?

Considero que es un imperativo ético hacer todo lo posible por encontrar los cuerpos de los detenidos desaparecidos. Me niego a aceptar que la sociedad chilena deje de hacer todo lo que tenga que hacer para encontrar los restos de personas que tienen que estar en algún lugar.

 

LA DECEPCION

¿Qué piensa del paro organizado por la CUT?

Lo que ha sucedido es algo muy claro. Nosotros tenemos una Presidenta, a la que quiero mucho, muy carismática, y creo que el pueblo la quiere mucho también. Ella representa ese Chile profundo, de la gente del pueblo y de la clase media que sufrió durante la dictadura. Gente que tenía la esperanza de que, cuando ésta terminara, iba a construirse una sociedad más justa, más humana, más solidaria, inspirada en valores éticos.

¿Cree que hay mucha decepción?

-Los primeros gobiernos de la Concertación no sufrieron la presión de la gente por acceder a niveles más altos económicos y de equidad. Le tocó a Michelle Bachelet, después de 17 años, que las personas empezaran a plantearse estos problemas. Por ejemplo, la pérdida de derechos previsionales durante la dictadura.

¿El pueblo ha sido comprensivo o pasivo?

Las dos cosas. Es pasivo y también profundamente comprensivo. La gente del pueblo sabe que las cosas no se hacen de un día para otro. En ese sentido, tiene gran comprensión

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