TVN: la mala práctica del cuoteo

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orginalmente cargado por principerrojo.

Bernardo de la Maza, Ex periodista TVN y Decano de la Facultad de Comunicaciones Universidad Central

¿Puede ser realmente independiente un canal cuya máxima autoridad es designada por el Presidente de la República? Sus periodistas saben muy bien que no.

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Conozco a fondo Televisión Nacional, con sus virtudes y fallas. Fui su primer periodista, en 1969, y su primer Director de Prensa, tras el retorno a la Democracia, en 1990. Trabajé en ella durante seis gobiernos, desde Eduardo Frei Montalva hasta Ricardo Lagos. Inclusive durante tres años de Augusto Pinochet. O sea, gran parte de su tempestuosa vida.

Las discusiones que vemos en estos días por el nombramiento de dos miembros de su directorio o por las declaraciones del presidente de ese directorio, Francisco Vidal, constituyen un capítulo más de muchísimos vividos hasta ahora y que se seguirán repitiendo, en la medida en que ese directorio esté conformado de acuerdo a cuoteos políticos y no a la calidad profesional de sus miembros, sin importar a qué partido pertenezcan.

El problema de Televisión Nacional radica en su esencia: se quiere que sea un canal independiente, al servicio del país y de la verdad, pero al mismo tiempo se lo mantiene estrechamente vinculado al mundo político, que controla hasta sus más tenues suspiros.

Si se quisiera representar al país en su directorio, casi la mitad de sus integrantes no debería pertenecer a sector político alguno, dado que, según las últimas encuestas, casi el 40% de chilenos dice no sentirse identificado con ningún partido.

La vida de los trabajadores de Televisión Nacional no es cómoda. Sé bien que casi la totalidad no quiere que su canal, el canal del cual somos dueños cada uno de los chilenos, aparezca contaminado con disputas que, una y otra vez, afectan la imagen de independencia que ellos quisieran proyectar. Son los trabajadores del Canal quienes salvaguardan -hasta donde les es posible, y con enorme dedicación- esa imagen. Esos profesionales no se sienten contentos con un directorio político que no representa el espíritu de TVN, y que obstaculiza su funcionamiento profesional.

Los nombres son propuestos por el Mandatario de turno, y su presidente -en este caso Francisco Vidal- es designado por el gobierno, sin que requiera la aprobación del Senado o la Cámara de Diputados. ¿Puede ser realmente independiente un canal cuya máxima autoridad es designada por el Presidente de la República? Sus periodistas saben muy bien que no. Ninguno de ellos osaría siquiera esbozar una crítica al gobierno o al Congreso Nacional, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas o la Iglesia. En lo posible, no criticar ni hablar mal de nadie que tenga poder, porque todos saben bien que podrá haber una queja desde lo alto del directorio.

Al final, TVN es un gran canal; hoy en día, el mejor del país, con un directorio serio, pero “cuoteado”, y con los mejores profesionales. Sin embargo, éstos no están cumpliendo con su “deber ser”, no porque no quieran, sino porque no pueden.

Es un canal anodino, sin opinión, puro como el agua bendita. Y además, sin contenido cultural amplio, porque debe financiarse en medio de una competencia brutal por el avisaje. La única vez en su historia en que Televisión Nacional cumplió a cabalidad con su misión fue en sus primeros meses de vida, bajo el mando de Jorge Navarrete, a mi juicio el mejor director ejecutivo que ha tenido la empresa. Por desgracia ese período tuvo sus puntos negros, pero demostró que se puede tener un canal de verdad libre, como todos quisiéramos. Gracias a su periodismo profesional e independiente, TVN logró, en apenas ocho meses de vida, consolidarse como el más creíble y de mayor rating.

Estoy convencido de que hay que cambiar la ley que rige a Televisión Nacional para adaptarla al país distinto que estamos viviendo. Hay que despolitizarla y buscar formas de financiamiento para posibilitar una programación cultural que satisfaga a ese 58,5 por ciento de la población que declara estar poco o nada satisfecha con la televisión abierta, a la que culpa de ser chabacana, grosera, vulgar y farandulizada.

Si cada uno de los tres y medio millones de hogares menos pobres del país pagara trescientos pesos mensuales (sic) se podrían hacer, cada año, setenta programas culturales o documentales de alta calidad del tipo Al Sur del Mundo, La Tierra en que Vivimos o Bellavista 0990.

Sé que nadie escuchará mis plegarias, pero no puedo dejar de plantearlas por una mejor televisión.

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